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domingo, 10 de junio de 2018

La luna me sabe a poco



El ocho de febrero fue distinto, de buena mañana, mientras Henrry se desayunaba acompañando el bocata de cabeza de jabalí con unos buenos tragos de verdeho wine, en la radio comenzó a sonar una canción ya antigua, tres lustros o más tendría, el caso es que mientras la entonaba se le hacía ligeramente desconocida o conocidamente pegadiza, en dos instantes y tres guitarreos Kutxi, el cantante, lanzó concatenadas frases y afiladas palabras que hicieron que Henry encendiera un interruptor en alguna remota neurona, un chispazo que despertó una sensación y un dolor que largamente había llevado bien escondido en lo profundo del sistema límbico.


De repente, con excelsa clarividencia se dio cuenta de que lo mejor era alicatar y alicatar, hasta el techo e incluso hasta el último sentimiento, cerrar puertas, ventanas y hasta claraboyas, que nunca más nadie le venga a decir “que ya nos veremos”.


Y así, apresuradamente, cerró su establecimiento y con paso firme se dirigió a la ferretería.

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