Esta noche está desatado, no para, no cesa su acoso, ruge, golpea y empuja sin tregua.
Sabes
que tratar de dormir será muy difícil, pero aun así lo intentaras. Fingirás que
no te importa su despliegue de poder, que no te asusta su fragor, te obligarás
a creer que arrebujado bajo las sábanas estás a salvo y, durante unas horas, lo
consigues.
Has
dormitado un rato, pero su despliegue de poder te vuelve a despertar y con él
un pensamiento aterrador: ¿Qué está pasando ahí afuera en el mundo? ¿Quedará
algo en pie cuando acabe de soplar? Es la segunda noche que el viento de fin de
invierno amenaza con llevárselo todo por delante y ahora ya no puedes quitarte
la idea de la cabeza.
Empiezas
a imaginar que esas ráfagas primero, se llevan los setos y las papeleras, los
pájaros se agarran fuertemente a los árboles, para fracasar y ser finalmente
arrastrados a merced del ventarrón. Luego piensas que sucumbirán árboles,
coches y farolas; y al final, la furia levantara el asfalto y la hierba para,
inexorablemente, llevarlo todo y dejar el mundo vacío.
En ese
momento el viento cesa, hay una calma aciaga, es tan grande el silencio que
creer que ya nada queda ahí fuera es lo más lógico. Asustado cual Atreyu, ante
la victoria de La Nada, llamas a tu paladín personal: – ¡Mami, mami tengo
miedo! ¡Creo que ese aire malo se lo ha llevado todo!
Ligera
y veloz ella viene a ti, te abraza y con dulces palabras te calma: – escucha mi
pequeño, escucha bien: el mirlo ya está cantando su canción de enamorado. Todo
está en su sitio. Dame un beso y subamos la persiana para comprobarlo.
Así es
y así la crees, ¡estás escuchado al mirlo cantando gallardo desde la endeble
antena de la casa de en frente!
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